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El inmenso drama haitiano

No creo que haya palabras para expresar tanta tragedia. El sufrimiento humano tiene un límite, y el pueblo haitiano lo ha sobrepasado. Las calles de Puerto Príncipe inundadas de cadáveres y escombros; el continuo errar de los sobrevivientes heridos, sedientos, hambrientos, devastados por la pérdida de sus seres queridos y de sus subsistencias, es lo que queda en este desdichado país, después de la catástrofe geográfica del pasado martes tan parecida al paso de una guerra nuclear.

Un niño de 12 años deambula entre el caos humano, sin saber dónde ir y qué hacer con tanto dolor: ha perdido a sus padres, sus hermanos, su casa, todo lo que tenía en la vida. Una niña está parada entre el humo y los escombros, a merced del destino. Una mujer llora inconsolable la muerte de sus seres queridos. Son los rostros de la tragedia.

Cientos de miles de personas han muerto aplastadas por el colapso de las edificaciones, y siguen apagándose vidas por minutos después de siete días de pesadilla, por falta de atención médica, por sed, por hambre, o por las balas de los pandilleros que ahora toman las ciudades sembrando aún más el pánico. El panorama es profundamente desolador en este hermano país con un pasado de desgracia y miseria (el 80 % de la población está por debajo de la línea de pobreza), el presente es hoy insostenible y el futuro se vislumbra penosamente sombrío.

La vida no volverá jamás a ser la misma para estos hombres, mujeres y niños que lo han perdido todo. 200,000 seres humanos muertos y millones de heridos y desamparados son cifras que duelen demasiado a un pueblo. Dios se apiade de Haití.

Pilar Ayuso


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